09
Oct
11

La jubilación, mi padre y yo

 Por Francisco M. Velásquez A.

 

Episodio uno.

 

Mi padre había alcanzado al fin la jubilación en medio de muchos tropiezos causados por la desidia del Seguro Social. Muchas veces lo vi salir con su carpeta bajo el brazo a gestionar documentos que acreditaban sus tiempos de servicio al Estado. Nos  parecía que estaba enfrascado en una lucha de nunca acabar. Pasaba muchas horas de su tiempo redactando memoriales, presentando tutelas, requerimientos e incidentes de desacato. Cada que lograba algún resultado a través del juez, los actos con  los que se pronunciaba el Seguro, resultaban con alguna inconsistencia siempre producto de la mala fe. Con la paciencia de Job, iba hasta los despachos, para que le corrigieran el error,  y  entre petición y petición pasaban años. Se conocía el edificio donde funcionaba la entidad piso por piso, oficina por oficina, pared por pared, rincón por rincón y todas  las agrias caras de sus empleados,  todos expertos en hacer siempre las cosas mal hechas. En todo documento firmado por el jefe y proyectado por sus subalternos iba además maquinada una inconsistencia.

– En las filas del Seguro Social, se marchita la vejez hasta la muerte,  –dijo-  es allí  es donde el usuario es testigo de un Estado tramposo. -Finalizó

Todos los ancianos tienen algo para contar, y en esa larga cadena humana se teje el desprestigio de la Institución.  Los empleados del ISS son sin alma, no tienen compasión, ni sonrisa, parecen zombis, no se les puede preguntar nada porque de nada sirven las respuestas para aclarar las dudas. Los empleados mirando la pantalla del computador se limitan a responder:

-Eso es lo que muestra el sistema.

Y el sistema por años tiene siempre la misma información:

-Se encuentra en trámite. 

Alguna vez el Fiscal Díaz, quien litigó por más de veinte años y se conocía todos los intríngulis del derecho, le dijo.

        -Ya es  tiempo que a esos del ISS, le metan una denuncia por fraude a Resolución judicial. Todas las tutelas van a lo mismo a que se pronuncien en derecho y a que no tuerzan la norma.

Dije atrás que mi padre por fin se pensionó, pero tuvo que apelar a la solicitud de reliquidación, por cuanto no tuvieron en cuenta su régimen especial, y el trámite demorará quien sabe cuantos años. Sucedió que una vez mi padre  estuvo incluido en la nómina de pensionados, la carpeta pasó al archivo, y  cuando él trató de obtener algún documento, el empleado del Seguro Social solicitaba  la documentación mediante un oficio interno. Así que cuando mi papá iba a preguntar por su asunto,  le mostraban una carpeta con varias peticiones  al archivo solicitando el legajo, y le decían:

        -Señor aún no nos ha llegado sus cuadernos del archivo, aquí está la constancia de que la hemos solicitado.

El viejo que no agacha la cabeza, les subió  la voz  la  y les dijo:

       -Son unos incompetentes, si del archivo no la han enviado ya es hora de ir  personalmente por ella.

Otras veces vi a mi padre chateando con el ISS;  eso lo hace los jueves a las 8:30 de la mañana. Les da el número de la cédula y aparece las líneas escritas por el Agente uno:

        -Buenos días señor,  en qué le puedo servir.

        -Para preguntar cómo va mi reliquidación.

        -Espere un momento por favor,

Mi papá se toma un café y me muestra como le sudan las manos. Se pone nervioso cada que chatea con el ISS.

        -Gracias por su espera señor, su carpeta está en el archivo.

Ante la respuesta mi padre teclea frenéticamente en su ya anticuado PC, y antes de que desaparezca el Agente Uno.

        -Hice mi solicitud hace cuatro meses. ¿Cómo va a estar en el  archivo? –

En la pantalla se lee: …el Agente uno esta escribiendo.

        -Eso es lo que muestra el sistema, señor Mario.

Mi padre me mira, esta pálido, tiene ira contenida. Yo sonrió.

        -¿Qué te pasa? – dice.

        -Papá, si no es por es por esa lucha que mantienes permanentemente con ese esperpento del ISS, ya estarías muerto.

 

Episodio dos.

 

Pasaron dos años y una vez encontré a mi padre compungido. Me dijo que le negaron la reliquidación, pero que iba a iniciar una demanda para demostrar que tiene derecho a ella. Lleva más de un año yendo al juzgado mirando como va el proceso, se da cuenta que una de las pruebas tiene que ver con una respuesta que debe dar el Seguro social sobre su tiempo de servicio. El exhorto tiene fecha de marzo y aún no le han respondido. Solicitó al juez para que hiciera un requerimiento a la Entidad y el despacho accedió.  ¿Cuánto tiempo más tendrá que pasar para que ISS conteste? Mi padre no se desespera. Dice que hasta el último de sus días luchará por sus derechos contra un Estado tramposo. 

       

       

 Episodio tres.

 

De visita en una casa de familia, mi padre estuvo ojeando la revista Semana,[1] de un momento a otro se paró  como si lo hubiera picado un tábano.

-¡No faltaba sino esto! –  dice, mostrándonos un artículo titulado: “¡Qué alcahuetería!”

Nos muestra las fotografías del Presidente y su ministro de Hacienda, y me explica que en el reportaje hablan de una “bomba pensional”, porque  cientos de jubilados piden sus reliquidaciones por haber sido liquidados en forma diferente a como lo exige la ley.

-Tratan de ignorar que el error son de los entes oficiales que tienen la obligación de hacerlo conforme a derecho y como ya han pasado quince años ignorando lo que dicen las altas Cortes sobre el asunto, ya hablan de billones de pesos que el Estado tiene que pagar. Los jubilados no tienen porque pagar los errores y desidia de los gobiernos que no atendieron a tiempo el problema.

Luego mi padre se inclina sobre el teclado y comienza a redactar una carta protestando y la envía por correo electrónico a la revista Semana.

        -No se si la recibirán y menos si la leerán, pero no puedo dejar pasar este momento porque si no esta noche no duermo de la ira. –dice.

Mi mamá que lo ha escuchado interpela presa de la furia.

        -¡No les dije que no votaran por Santos, es un burgués que no le duele el pueblo!


[1] Revista Semana. No 1535. Del 3 al 10 de octubre de 2011. Págs. 33 y 34. Bogotá.Colombia.

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